Para qué escribí El hombre que amaba a los perros

Detrás de uno de los libros emblemáticos del escritor cubano Leonardo Padura no solo hay un guiño al famoso relato de Raymond Chandler. Subyace, sobre todo, el trabajo archivístico y la pericia narrativa para novelar el asesinato de León Trotski a manos de Ramón Mercader. El autor revela a continuación varios detalles de los tijeretazos, los clavos puestos y los materiales usados para esta carpintería.

POR Leonardo Padura Fuentes

Febrero 18 2025
Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, en el juicio del asesinato a León Trotski. © malcolm h. bissell jr. / biblio.es

Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, en el juicio del asesinato a León Trotski. © malcolm h. bissell jr. / biblio.es

Iván Cárdenas Maturell es un joven escritor cubano cuyas expectativas profesionales han sido tronchadas por la intolerancia política y cultural de la sociedad en que vive y donde ha tratado de ejercitar su arte. Marginado, con las brújulas vitales descentradas, en uno de sus muchos días de hastío y frustración, durante el otoño de 1977, Iván se va a la playa habanera de Santa María del Mar, que, como en esos tiempos solía ocurrir por semejantes fechas del año, se encuentra prácticamente desierta. Esa precisa tarde, que luego resultará tan memorable, Iván se dedica a leer el relato de Raymond Chandler titulado “El hombre que amaba a los perros”. Y en algún momento, reclamado por un movimiento, el joven levanta la vista y ve caminar, por la orilla del mar, a un hombre, ya maduro, que pasea, ni más ni menos, con dos hermosos perros de la cotizada raza de los galgos rusos, conocidos como borzoi.


El joven escritor, que en la vorágine de una macabra política cultural estatal se ha visto compulsado a renunciar a su vocación, ya por ese entonces trabaja como auxiliar de veterinaria y, por ello, sabe algo de perros. Gracias a ese conocimiento, el joven se acerca al dueño de los borzoi y le manifiesta su admiración por esos bellísimos ejemplares de una raza por completo desconocida en Cuba. A la orilla del mar, el hombre y el joven establecen un diálogo más o menos intrascendente sobre el carácter de esos animales, de costumbres siberianas y, por ello, tan difíciles de mantener saludables en un país del trópico. Al final del encuentro el dueño de los borzoi, que en la conversación ha confesado que él “ama a los perros”, se presenta como un español republicano, desde hace unos años afincado en Cuba, y se identifica como Jaime López.


Esa tarde otoñal de 1977, en esa playa de La Habana, ha cristalizado uno de esos maravillosos encuentros, pletóricos de consecuencias, que José Lezama Lima definió como “el azar concurrente”. Y es que, sin poder saberlo aún, sin poder siquiera haberlo imaginado, por un azar concurrente Iván Cárdenas ha entrado en contacto con la Historia, más aún, la Historia ha salido de su refugio del pasado y de los libros para tocarle el hombro a un joven escritor cubano. Y el cruce no ha sido con cualquier momento de la Historia. Porque aquel “hombre que ama a los perros”, y que decía llamarse Jaime López, decidirá, en un próximo encuentro playero, comenzar a contarle al escritor Iván un relato extraordinario: las peripecias de la vida de su amigo Ramón Mercader del Río. Iván, que a pesar de sus estudios universitarios y sus intereses literarios jamás ha escuchado ese nombre, le pregunta a Jaime López quién es ese Mercader, y el español lo contextualizará: es el comunista español que, cumpliendo órdenes de Iósif Stalin, mató en agosto de 1940 a Liev Davídovich Trotski en Coyoacán, México…


En ese instante, sin que Iván tenga aún plena conciencia de lo que puede ocurrir, se ha abierto para él una puerta que lo llevará a recorrer los turbulentos caminos que condujeron no solo a un cruento asesinato, planeado con precisión ajedrecística, sino que derivaron hacia la concreción de un punto de no retorno en el doloroso proceso de la perversión de la gran utopía igualitaria que se pretendió materializar en la sociedad del siglo xx. Así, tras las palabras de “un hombre que ama a los perros” comienza a urdirse la trama de la novela del líder revolucionario Liev Davídovich Trotski, de su asesino, el agente estalinista catalán Ramón Mercader, y de un ficticio Iván Cárdenas Maturell, ese joven escritor cubano (e insisto con toda intención en la significativa pertenencia nacional del escritor). Un joven cubano que pude haber sido yo mismo.


Desde el mes de septiembre de 2009, hace quince años, cuando realicé en España las primeras presentaciones de mi novela El hombre que amaba a los perros, quizás la pregunta que a lo largo de todo este tiempo más veces me han hecho los muchos periodistas con los que he conversado a propósito de mi trabajo, o ya en específico sobre este libro, ha sido la de saber qué me propuse al escribir esa novela donde cuento un episodio histórico tan conocido para la mayoría de las personas como es el asesinato de Trotski –pero tan desconocido en sus interioridades por los lectores cubanos–. Y como la gran pregunta en realidad debería ser “¿para qué escribí esa novela?” (porque esa es la cuestión que yo me hago al comenzar cada uno de mis empeños novelescos), la respuesta que he dado ha sido siempre la misma, pues la conocía muy bien: con esta novela quise reflexionar sobre las diversas causas y las dramáticas e incluso lacerantes consecuencias personales que se movieron alrededor de la evolución del proceso de perversión de una gran utopía política, ese sueño arcádico que había acompañado a la humanidad desde los orígenes de la civilización y que, en el siglo xx, con el triunfo de la Revolución rusa de 1917, prometió su materialización en la realidad. Y, para ubicar mejor la respuesta, suelo agregar que me propuse hacer esa reflexión cuestionadora desde mi privilegiada perspectiva (dudo al usar semejante adjetivo, aun cuando me parezca el más apropiado) de ciudadano y escritor cubano, de hombre que ha atravesado la experiencia de vivir toda su existencia, cada día de esa existencia, en una sociedad que puso en práctica el utópico modelo igualitario del socialismo real.


Como bien se sabe, el romántico proceso histórico de la construcción de la comunidad de los iguales, ese mundo añorado en el cual los hombres vivirían con la más plena equidad y la máxima libertad responsable, sufrió la trágica perversión de muchos de sus principios, que lo conduciría a un estrepitoso fracaso político. En su aplicación a la realidad (una experiencia que de alguna forma definió casi toda la historia del siglo xx) esa aspiración utópica envolvió directamente y con muy similares consecuencias las sociedades de una tercera parte de los países del mundo, incluida una isla del Caribe ubicada a 9.550 kilómetros de Moscú. Porque con la declaración de que Cuba marcharía por la senda del socialismo, hecha por el líder revolucionario Fidel Castro en 1961 y con la consiguiente adopción del modelo político fundado en la ideología marxista-leninista, pero diseñado en la realidad concreta por Iósif Stalin, quedaría marcado todo el destino posterior del país y, por supuesto, incidiría en la vida de cada uno de los habitantes de la isla. Incluida la vida del personaje Iván Cárdenas y, por supuesto, la del escritor que lo creó y lo puso en marcha para armar esa novela estampada en 2009. 

Haber escrito El hombre que amaba a los perros ha sido, por todo lo anteriormente anotado y por otras y más razones, la más compleja, comprometida y arriesgada aventura literaria en que me he visto inmerso en mis ya largos años de trabajo y creación.


El primer gran desafío fue el de vencer mi ignorancia (una ignorancia programada, la he llamado), que era la misma que padecían casi todos mis compatriotas, respecto no solo al destino de Trotski, sino a las muchas tramas políticas que condujeron a su marginación, destierro y asesinato. El hecho de que con ese preciso crimen se revelaran tantas interioridades de la perversión de la idea utópica que concretó la política económica (la colectivización fue quizás la medida más devastadora) y social (el terror individual y colectivo) de Stalin, hicieron que por décadas el episodio del asesinato de Trotski quedara prácticamente sepultado en los países afines al sistema soviético. Por tal razón, para un interesado cubano, resultaba casi imposible el acceso a su turbio conocimiento. Llegar a saber, entonces, cómo se había preparado y perpetrado el crimen y, de paso, cómo se había avanzado en la perversión de un proyecto sociopolítico, implicó una ardua investigación que me llevó años durante los cuales, mientras avanzaba en el conocimiento, sumergido en algunos de los fosos más tétricos de la historia del siglo xx, fraguaba en mi mente una patente revelación: con miedo, mentira, sangre y dolor no se pueden fundir los cimientos de ese pretendido mundo mejor.


Con el manejo de una información obtenida por las más diversas y hasta rocambolescas vías, un caudal de datos que mucho había crecido y cambiado con las investigaciones que en la década de 1990 al fin se habían podido hacer en los reveladores archivos de Moscú, me enfrenté entonces a la complicada escritura de una novela cargada de documentación histórica y biográfica pero con el inconveniente dramático de que, incluso antes de comenzar a leer, cualquier persona medianamente interesada conocía qué ocurría en su clímax argumental, o sea, el instante en que Ramón Mercader le clava el piolet en el cráneo a Trotski. Resolver esa cuestión, un desafío de pura raigambre literaria, implicó una escritura en la que los tempos narrativos, la estructura y el montaje, el diseño de los personajes, la dosificación de la información debían estar puestos en función de atrapar el interés del lector, conducirlo hasta ese mencionado clímax dramático y, al mismo tiempo, abrirle senderos de complicidad e interés para enfrentarlos a una lectura de los hechos en que se manifestara mi propósito inicial: develar un proceso de perversión del proyecto utópico.


Tal vez para la construcción de la novela podían resultar suficientemente reveladoras de ese fenómeno de corrupción ideológica y política del sueño igualitario las historias, plagadas de incidencias macabras, de cómo se preparó el asesinato de Trotski. Narrar cómo se le dio forma al asesino Ramón Mercader desde los turbulentos días de la Guerra Civil española, por un lado, y, en paralelo, contar cómo había sido la vida del líder revolucionario desde que fuera políticamente marginado y luego desterrado para comenzar el peregrinaje “por un mundo sin visado” que finalmente lo conduciría a México, mientras en esa Unión Soviética de la década de 1930 se vivían intensos conflictos que tuvieron su propio clímax en los juicios de Moscú. Sin embargo, la tarea de establecer el nexo conceptual y dramático entre esa Historia que es posible leer en otros libros y la vida más real y sus efectos más viscerales, su reflejo a nivel más humano, quedaría encargada al personaje del joven escritor Iván Cárdenas, necesariamente cubano, obligatoriamente miembro de mi generación. Las tribulaciones de Iván, en la Cuba socialista, le debían aportar al para qué de la novela una imprescindible dosis de cercanía, de dramatismo y de experiencia personal (privilegiada, otra vez) de lo que puede ser y ha sido una vida, en realidad unas vidas, transcurridas en una sociedad creada a la imagen y semejanza de la que forjó e impuso ese sistema socioeconómico al que le dio su forma definitiva el carácter megalómano y patológico de Stalin. Por ello, cuando me he referido al carácter de los protagonistas de la novela, he dicho que Trotski y Mercader son personajes históricos reales, construidos con información documentada, mientras Iván, que es un personaje de ficción, curiosamente resulta ser más real que los otros. Porque Iván nació de experiencias, vivencias, miedos y condiciones que también han sido y siguen siendo las mías, conocidas de primera mano, sufridas en carne propia muchas de ellas.


Si había conseguido reflejar esa intención, revelar ese motivador para qué, si había expresado mis reflexiones e incertidumbres y conseguido escribir la novela que pretendía, pues entonces estaba asumiendo otros riesgos extraliterarios y muy concretos. Y uno para nada despreciable eran las lecturas que la obra podía tener en mi país, en Cuba.


Cierto es que entre la época en la que Iván fue marginado y el momento en que yo escribo mi novela, los llamados “techos de tolerancia” de la política cultural cubana se habían alzado mucho. Ayudó en ese proceso el paso del tiempo y la evolución de los artistas cubanos de todas las manifestaciones, la profunda crisis económica y social en que andamos sumergidos desde la década de 1990 y, también, la estrategia oficial de pasar de la drástica marginación del creador (como le ocurrió a Iván) a la práctica de la censura indirecta: menos visibilidad, menos promoción, menos reacción.


Por el íntimo conocimiento de esa situación política y cultural, resultó para mí una sorpresa el hecho de que el libro se publicara en Cuba en 2010 y su primera edición se presentara a sala llena en una Feria del Libro de La Habana, donde confesé que estaba asistiendo a un acto que jamás había pensado que podía ocurrirme en mi país. En una tirada de unos dos mil ejemplares la novela circuló, recibió el Premio de la Crítica del año 2011 e incluso, por tal galardón, tuvo una segunda edición doméstica, siempre por la editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.


A los pocos ejemplares de esas ediciones se fueron sumando, mientras tanto, los que fueron traídos a Cuba llegados de otras partes del universo editorial hispanoamericano. Y los cubanos leyeron El hombre que amaba a los perros en esas impresiones o en formato digital (muchos consumieron las seiscientas páginas del libro en la pantalla de un teléfono celular), y el fruto más revelador de esas lecturas fue el comentario que, por diversas vías y desde muchas sensibilidades, me hicieron llegar algunos de esos lectores: “Leyendo la novela hemos descubierto cosas de nuestras propias vidas que desconocíamos”, me dijeron, y me sentí congratulado.


Quince años después de publicada, con más de cien ediciones en lengua española y con una veintena de traducciones (nunca en ruso, por cierto), disfruto la satisfacción de que El hombre que amaba a los perros sigue siendo buscada y de que los lectores de las más diversas categorías y procedencias culturales continúan encontrando en la novela claves sobre un proceso que está en la columna vertebral del siglo xx y cuyas consecuencias se extienden hacia este siglo xxi, efectos que siguen gravitando sobre la realidad de un escritor cubano y la del resto de sus compatriotas.


La mirada privilegiada (vaya con el adjetivo) con que me acerqué al proceso de perversión de la hermosa utopía de la construcción de la sociedad de los iguales parece que aún les habla a muchos sobre lo lamentable del destino de un proyecto y, quizás, de la necesidad de fundar otro, viable, con la necesaria libertad y sin miedos, que pueda contribuir a hacer mejor este mundo en que vivimos, cada vez más polarizado y desigual. Por eso creo que valió la pena el arduo intento de concretar el propósito, el para qué genésico, que me impulsó a escribir una novela que cierra su argumento hablando de comprensión y compasión por un ya para nada joven escritor cubano, vencido por el peso de la Historia. Esa Historia que, avanzando desde el pasado, se mezcló con la Historia vivida por ese joven escritor Iván Cárdenas Maturell –que bien pude haber sido yo–, al que en una playa habanera, un día del otoño de 1977, el azar puso ante un hombre que “amaba a los perros” y comenzó a conocer las entrañas de la dolorosa perversión de una añeja utopía. 

ACERCA DEL AUTOR


Leonardo Padura Fuentes

 

Escritor, poeta y ensayista cubano.